30 oct. 2015

Voces - Adriana Hammeken

Por: Adriana Hammeken
El najash-kissfromarose.blogspot.com
Hace unos días tuvimos una comida familiar, nada extraordinario: mi marido, mis hijos y mi hermana. Mientras lavaba unos platos en la cocina, escuchaba sus voces, comentando, riéndose, diciendo cosas cotidianas y yo no pude más qué pensar lo agradable que era escuchar voces queridas en casa. Supongo que una de las cosas que hacen de una casa un hogar son todas aquellas voces que al escucharlas te calientan el alma y te dibujan una sonrisa en el rostro. Voces que van y vienen por el cuerpo creando una sensación de profunda seguridad.

Cuando era niña, al escuchar la voz de la cocinera Panchita sabía que estaba en casa. Una voz estridente, poco amable en ocasiones, pero a veces era el canto más dulce que podía escuchar. Hablaba mitad mixteco y mitad en un español muy suyo. Mi hermana y yo decimos que hablamos español de milagro, porque es cierto que nos pasábamos largas horas platicando con Panchita mientras ella pelaba los ajos para hacer los guisados, con esas uñas duras y descarapeladas por toda una infancia en el campo. Con esa voz tan suya nos contaba cómo habían matado a su esposo en la milpa, y cómo le había picado no se qué bicho cuando era niña y que por falta de atención la pierna se le reventó y ahora tenía una leve cojera. Nos contaba con su voz cascada por los años su difícil infancia en Oaxaca. Y era su voz la que me mantenía en la cocina por horas enteras, y era su voz la que me decía que mi hogar era ese y que no debía estar en ningún otro lado. "Ves a trai el periódico", "recoge eso que resbala nuestro pié", "estás tecu-i (loca) o qué", "lleva la cosa caliente al comedor".

Panchita nos vio nacer y convertirnos en adolescentes odiosos. También conoció a nuestros novios y pronto la voz de Panchis también llegó al corazón de Mario mi marido, como le llegaba al corazón a todos los que iban a comer a nuestra casa. Su voz nos consoló cuando el corazón se nos partía en pedacitos, nos reprendía cuando le faltábamos el respeto a nuestros papás y nos dio consejos cuando de plano perdíamos el rumbo. Su voz muchas veces fue camino. Sólo en una ocasión Panchita se quedó sin voz y fue el día en el que mi papá murió, ahí sí el dolor le hizo tal nudo en la garganta que no dijo nada y ese día su voz no me consoló porque no había consuelo alguno. Ninguna de las dos pudimos creer que no escucharíamos más la voz de mi papá, una voz ronca, dulce y cálida que rara vez usaba con ira, y rara vez alzaba. Siempre fue un bálsamo para nosotros. Desde que nos levantaba cantando "Oh how I hate to get up in the morning", hasta que nos daba las buenas noches. Una voz que escuchábamos a lo lejos cuando en Tepoztlán subíamos el monte hacia la cascada, entonces el cerro hacía que su voz se repitiera varias veces y se uniera con los truenos que anunciaban lluvia. Pero siempre era una lluvia cálida y amable, así como la voz de mi papá.

Recuerdo los sábados en la mañana, cuando regaba su jardín en Callejón de las Cruces mientras cantaba "Un bel di vedremo" de Mme. Butterfly, tan desafinado que el perro no paraba de aullar durante toda el aria. Mi papá cantaba muy mal, pero cantaba todo el día y esa voz desafinada era la que me despertaba por las mañanas y me hacía apreciar lo que era vivir....simplemente vivir.

Ahora escucho las voces de mis hijos y pienso que no hay sonido mas bello sobre la faz de la tierra. Voces que hacen hogares. Voces que construyen vidas.

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Muchas gracias amiga.

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Recuerda, soy Alejandra Coghlan y estás en mi casa que es tu casa.


27 oct. 2015

23 oct. 2015

Tapiz del Apocalipsis - Adriana

Por: Adriana Hammeken
http://parcoursparisiens.blogspot.mx/


Cuando tenía 17 años viví un año en Angers, Francia, una pequeña ciudad en el Valle de La Loira. Un lugar encantador, con varias universidades, por lo que el ambiente era relajado y dinámico, creativo y exigente. Adaptarme a ese ritmo fue todo un reto para mí, nunca había estado tan lejos de casa y sobre todo, nunca había estado completamente sola. Siempre fui una hija sobreprotegida y de pronto Tita decide mandarme (porque ella lo decidió, como solía ser todo en mi casa) a un lugar remoto, del otro lado del Atlántico en una época en la que las comunicaciones no eran inmediatas, así es que me mandaba al otro lado del mundo literalmente. Debía pasar unos días en Londres, con una amiga de la familia, Fiona, y de ahí embarcarme en Dover hacia el lugar que sería mi hogar por todo un año. Mi estancia en Londres fue perfecta, pero de ahí surgieron ciertos contratiempos: iba a un país del que no hablaba el idioma, ni siquiera sabía que en París había varias estaciones de tren, nunca consideré que llevaba una maleta (sin rueditas) que contenía todo lo que utilizaría ese año y por lo mismo era imposible de cargar, y que no sabía siquiera el nombre de la ciudad a la que iba, la llevaba apuntada en un papelito que acabó arrugado y deslavado de tanto mostrarlo a extraños. “Ma voiture est rapide et comfortable” es lo que sabía decir en francés después de un curso en la Alianza Francesa, pero de poco (o nada) me sirvió tan valioso conocimiento, jamás pude incluir la frase en conversación alguna, ni siquiera cuando mi francés fue más fluido; en mi mundo de estudiante nadie tenía coche y yo ni siquiera sabía manejar así es que comentar que mi coche era rápido y cómodo estaba fuera de todo contexto. Pero llegué a Angers, me acomodé en casa de una familia que no me ponía atención pero me dejaban bañar a diario lo cual resultó un arreglo perfecto, al final del día no me importó que cerraran el refrigerador con candado o que mantuvieran el teléfono bajo llave. Un gran logro para una casi niña que nunca había viajado sola.

Y ahí estaba yo…próxima a cumplir 18 años. Recuerdo que ese 16 de Octubre llamé a casa, porque también era el cumpleaños de mi papá. Hablé con él entre lágrimas porque siempre supe lo mucho que le dolía al “Oso” Hammeken tenerme lejos, y después contestó mi madre y me dijo “feliz cumpleaños hija y de una vez feliz Navidad y Año Nuevo porque no hablaremos más. Las llamadas son muy caras” En ese momento comprendí lo lejos que estaba de mi hogar. Pero no me sentía sola, había encontrado ya a amigos que serían mis hermanos por todo ese año. Joke, Joe, Joel y yo. Un cuarteto inseparable. Otro gran logro para una niña tímida e introvertida.

Por años he tratado de explicarme lo que sucedió en ese año y siempre llego a la misma conclusión: las emociones, sentimientos y experiencias vividas fueron como explosiones de fuegos artificiales dentro del corazón. Reí como nunca antes había reído, lloré como nunca antes había llorado y amé como nunca antes había amado, desde mi soledad, mi recién experimentada libertad y desde la mente de una niña que ya aprendía a ser mujer.

Uno de los recuerdos que tengo más vívidos fue esa primera visita al Castillo y recorrer la enorme sala con los tapices del Apocalipsis de San Juan cubriendo sus muros. Hechos en el taller del tejedor Nicolas Bataille por encargo del duque Luis I de Anjou. El más importante conjunto de tapices medievales del mundo. Y ahí estaba yo, observándolos fijamente hasta que parecía que las figuras se movían, imaginándome cómo es que se podían narrar historias completas con hilos de lana hermosamente entramados. El anverso y el reverso idénticos, lo cual, según entendí, demostraba la increíble destreza del tejedor. Me impresionaba ver cómo se mezclaban los azules y los amarillos, los rojos y verdes, y cómo estos hilos de colores narraban y lograban transmitir emociones. Me quedaba horas en medio de esa enorme sala viendo los tapices, imaginando e inevitablemente pensando en mi vida.

Pensaba…

Que yo siempre fui parte del bordado perfecto de mi madre, la hija de dieces, que nunca le dio problemas. Las manos de mi madre hilvanaban, cosían, tejían y bordaban. Bordados de punto de cruz que resultaban en figuras precisas y perfectas; pequeños tapices que luego enmarcaba y colgaba con orgullo en las paredes de la casa y que aún conservo porque me recuerdan que mi madre siempre creaba sus propios tapices y bordaba a la perfección su vida y la de los demás. Me enseñan lo que mi madre fue y de dónde vengo yo.

Pensaba…

Que aquellas personas que son capaces de hacer su propio tapiz son muy afortunadas, porque ya sea que lo echen a perder o les quede perfecto, es suyo, de nadie más. Ahí, en medio de ese gran salón comprendí que había pasado mis años tratando de bordar los diseños de otros y en especial los de mi mamá, pero por supuesto nunca estaban bien, nunca tenían los colores adecuados, las puntadas a veces salían torcidas y los hilvanes siempre eran irregulares, lo cual me produjo una tremenda inseguridad ante la vida…inseguridad que no he logrado dejar atrás a pesar de que ya han pasado no sé cuántos años. Inseguridad que afecta a mis relaciones porque frecuentemente me convierte en una mujer dependiente, necesitada y demandante. Un verdadero monstruo que me asusta cuando lo encuentro en el espejo.

Y pienso...

Que aun ahora hay días en los que no sé cómo iniciar mi propio tapiz. “A estas alturas del partido” todavía no se cuál es la figura que debo empezar a plasmar. Mi mamá lo tenía claro y por eso sus manos siempre corrían veloces por la tela. Porque a Tita no se le cuestionaba, ella bordaba su vida, la de mi papa, la de mis hermanos y la mía, con sus propios hilos de colores. Sin posibilidad de réplica. Sin diálogo.

Y pienso…

Que los hijos te van dando un sentido de pertenencia a este planeta y finalmente con su sola estancia en este mundo logran que los tapices que uno hace queden colgados en las paredes del hogar familiar; en la manera como los educas vas bordando un complejo tapiz que da sentido a tu vida y si tramas tus hilos correctamente, da sentido a la vida de tus hijos.

Un tapiz que no puedes simplemente deshilar y empezar de nuevo porque ya hay puntadas que están perfectamente cosidas y ya son parte de un todo.

Y ahí vas, conservando los puntos de un pasado que para bien o para mal ahí está, un presente que a veces se trama sobre la marcha, y combinando los hilos de colores para dar un sentido al futuro. Y así es como pasas tus días, tratando de que no se te vayan los puntos, de que no queden torcidos o demasiado apretados. De que el tapiz que vas haciendo tenga algún sentido.

Tapices…hilos que al entramarse narran historias…me pregunto si fue en alguna de esas visitas en las que comprendí que mis hilos serían las palabras y mi tela los cuadernos. Si fue ahí en ese enorme salón lleno de tapices en lo que comprendí que entramando palabras sería la manera de comunicarme con el mundo.

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Muchas gracias amiga.

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Recuerda, soy Alejandra Coghlan y estás en mi casa que es tu casa.


20 oct. 2015


Recuerda, soy Alejandra Coghlan y estás en mi casa que es tu casa.


16 oct. 2015

Porque no soy una roca ni tampoco una isla. - Adriana Hammeken

Por: Adriana Hammeken

Durante varios años fui coordinadora del equipo de escritores del programa LO QUE CALLAMOS LAS MUJERES. Un verdadero privilegio, porque no trataba con chicos que apenas aprendían el oficio, sino con profesionales con trayectorias maravillosas en el mundo de la escritura y la televisión. A pesar de que, no se por qué, yo fui elegida como coordinadora, todos y cada uno de ellos fue mi maestro. De todos aprendí mucho más de lo que jamás soñé en mis años de universidad; pero lo que mas me gustaba de mi trabajo era que con cada libreto los iba conociendo poco a poco, porque creo que todos seguíamos el principio de que si no echabas un poco de tu alma en cada libreto, no valía la pena escribirlo, y así era. Todos echábamos el alma y corazón en cada caso que nos llegaba. Llegué a conocer tanto su estilo y su manera de pensar, que ya me era fácil asignarles temas cuando las instituciones nos pedían ayuda para difundir su labor. Ya sabía que a Lupita se le daban bien los temas de niños, a Martha los que requerían un análisis psicológico más profundo, a Carlos los temas de "la calle", a Alejandra, las enfermedades extrañas, como aquel libreto que hizo de un hombre que tenía compulsión por automutilarse...¡en fin!.



Grandes maestros y grandes aprendizajes. Lo dicho, fue un privilegio trabajar con todos ellos.

Como parte del proyecto estaban los temidos "libretos de cliente", y digo temidos porque casi siempre eran un reto para los escritores: había que armar una historia, promover la bondades del producto y además plantear escenas con presencia del mismo sin que se viera forzada. ¡Nunca fue cosa fácil! en ocasiones teníamos clientes cuyos productos "sí daban" para una hora, como un medicamento para prevenir la osteoporosis en las mujeres por ejemplo, pero había otros como los que hicimos para la avena Quaker que resultaban un poco complicados ¿Cómo hacer una historia conmovedora, estrujante, interesante y atractiva, a partir de un desayuno con avena Quaker? pero se lograba, y los clientes quedaban satisfechos y por lo general nos pedían más programas porque la promoción a su producto resultaba ser todo un éxito. Quaker pidió más programas y con un suspiro los escritores emprendíamos la difícil tarea de buscar otra historia en la que los personajes arrancaran lágrimas, conmovieran los corazones de los televidentes ¡y! desayunaran avena.

Uno de los mayores retos fue hacer un libreto para Tetrapack y se lo asigné a Itzia. Su slogan era "proteger lo bueno" y la escritora hizo una historia maravillosa al rededor de esto. Sobra decir que el cliente quedó encantado con el libreto y con la historia: trataba de una madre que hacía todo lo posible por proteger lo bueno que tenía en su vida, su familia, y al protegerla se protegía ella misma. Una historia realísima (que esa era condición del programa, por lo menos en mis épocas) que sucedía a miles de mujeres en este país.

Hoy me vino a la mente este relato y como todo, empiezo a hilvanar recuerdos de momentos y sensaciones, es decir, los vuelvo a traer al corazón, según una definición que alguien compartió en Facebook y los vivo de una manera nítida y contundente.

Cuando era adolescente tenía una especie de himno, que, según yo, me definía. Que así era yo. La canción de Simon and Garfunkel, "I am a rock, I am an island" y cada vez que alguien rompía mi corazoncito la escuchaba una y otra vez con el deseo de creer que en realidad era una roca y que, como dice la canción una roca no siente dolor. Pero la verdad de las cosas es que el corazón se me rompía seguido y ¡claro! se me rompía con frecuencia porque lo entregaba una y otra vez. Nunca supe, ni se entregarme a una relación a medias, sin entregar el corazón...sin enamorarme un poco del otro y por enamoramiento no hablo en un sentido romántico, sino hacia los amigos, hacia los hijos, marido, padres, hermanos, en resumen a todas las relaciones que uno hace a lo largo de la vida. Si uno no se enamora del otro, de su forma de ser, de sus gustos, de sus pasiones, de sus ratos de mal humor, de sus logros, de sus fracasos, de sus tropiezos y desengaños, de sus victorias y alegrías, entonces no hay relación, creo yo. Así es que yo nunca fui una roca ni mucho menos una isla. Y el corazón se me ha lastimado muchas veces, a veces se ha resquebrajado, a veces sólo se ha astillado, y a veces se ha roto por completo. Pero por otro lado hoy tengo una familia que me quiere, amigos que me buscan y dos perros que me siguen.

En ocasiones quisiera ser una roca, pero no lo soy, y hoy decido proteger mi corazón que es algo bueno que siempre he tenido. ¡Exacto! hoy decido proteger lo bueno como el lema de Tetrapack. Y hoy espero que los que tienen un cachito de mi corazón lo protejan, porque lo que les he entregado a todos mis amigos y familiares es lo que soy, lo que me da el nombre y lo que me recuerda una y otra vez que nunca he sido ni una roca, ni una isla. Y sobre todo, que no quiero serlo, porque seguiré entregando el corazón de la única manera que se...y sí, hoy decido correr el riesgo.

Porque no soy una roca ni tampoco una isla.



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Recuerda, soy Alejandra Coghlan y estás en mi casa que es tu casa.


9 oct. 2015

Conversaciones - Adriana Hammeken

Hola a todos mis queridos seguidores sin faltar ninguno

Hoy les tengo una gran sorpresa, la nueva colaboración de mi amiga Adriana. Ella es una hermosa mujer, bella por dentro y por fuera. Estudiamos juntas la secundaria y prepa, hace algunos años.

Con esto de Facebook la reencontré y empecé a seguirla, a leer sus textos diarios y me di cuenta de lo maravillosa que es, así que decidí buscarla y aquí estamos hoy compartiendo este espacio.

Amo sus textos y sus pensamientos; y es para mi un honor tenerla de invitada en mi casa, que es tu casa.

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Por: Adriana Hammeken



Hoy amanecí con una nostalgia especial.

Supongo que el clima no ayuda, los días han estado grises y llenos de lluvia.

La menopausia tampoco ayuda gran cosa, ni los cambios de estado de ánimo que te llevan a la bipolaridad decenas de veces en un sólo día.

Llorar al leer una noticia
Llorar cuando el perro se porta mal
Llorar cuando piensas en el pasado
Llorar cuando miras a través de la ventana
Llorar con el mundo
Llorar desde adentro
Llorar hasta que de pronto no te acuerdas por qué estabas llorando
Llorar de tristeza, de alegría y ¿por qué no?
LLORAR DE LA NADA

Pero por esos momentos de nostalgia también tengo los momentos en los que hablo con mis amigas pre menopáusicas, menopáusicas o post menopáusicas, (a estas "alturas del partido" no hay de otra) y el llorar de la nada se convierte en un cúmulo de sentimientos que ocupan el alma como el sol ocupa mi recámara. Conversaciones que me van llenando el cuerpo de un calorcito rico a pesar de que el día esté nublado.

Pláticas que construyen mi vida.

No son las palabras sino el tono de voz; y no son las ideas inteligentes las que te cambian el rumbo de la nostalgia, sino el cómo se dicen y cómo te llegan al corazón. No son las frases sino la mirada que las acompaña.

Conversaciones con amigas de toda la vida, con las que no tienes qué empezar de cero, sino sólo es cuestión de retomar la vida para comprender su historia actual.

Con las amigas nuevas con las que la conexión es tan fuerte que entiendes el por qué la elegiste para compartir tu vida

Con amigas de trabajo que de tanto convivir y compartir opiniones acaban por adivinar tus ideas.

Con hermanas de sangre y hermanas por elección, con las que son tantos los momentos compartidos que no hay recuerdos en los que no estén ellas

Conversaciones en donde entendemos el gozo de una amiga por haber encontrado el vestido perfecto para la boda del hijo y el profundo dolor cuando el marido le dice que para qué gasta si ya está gorda y vieja.

En las que entendemos lo que es verse al espejo y saber que la juventud se ha ido, que los senos ya no están en su lugar, la pancita es algo que no se va a ir y que mas vale que te vayas encariñando con ella.

Conversaciones como sólo las mujeres podemos tener en las que el mundo es nuestro y se crea un universo impenetrable, hermético e impermeable; en las que esa sensación inexplicable de nostalgia pegada con tristeza y gozo es un lugar común y llorar de la nada es perfectamente comprensible.

Se que este es un tema trillado, pero también se que sin estas conversaciones mi vida no sería la misma y el mundo sería un lugar árido y sin encanto alguno.


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Muchas gracias amiga.

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Recuerda, soy Alejandra Coghlan y estás en mi casa que es tu casa.


6 oct. 2015

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